En la Prisión
Despertó recordando el beso con el que sellaron la promesa de amor eterno, no podía pensar en otra cosa, en esa fría y oscura noche en la que todo había pasado. Parecía reconfortable el hecho de verla tan tranquila, tan feliz, como nunca había visto a alguien. No podía fijarse en otra cosa, no podía percibir más que lo que en ella sentía. Sentía un silencio absoluto, no escuchaba ni siquiera sus pensamientos, es como si estuviera alejado de todo lo que le interrumpía, pero eso no importaba; no quería ver más allá de lo que sentía, de la tranquilidad que acechaba su cuerpo y mente con tal fuerza que no se sentía siquiera parte de este mundo.
Se encontraba en un lugar alejado en su mente, al que nunca había llegado y del que nunca querría salir, por lo menos en esta vida; aunque sabía que en algún momento tenía que dejar este lugar asombroso y maravilloso y volver al mundo real, al que creía pertenecer.
Quería volver a su mundo, quería tocarla, sentir su piel, pero cada vez que intentaba acercarse sentía que se alejaba más, y que entraba en otro lugar, más oscuro, más frío, más extraño. Sentía como que lo estuvieran torturando. Poco a poco le era más difícil estar de pie, se le acababa el aire, la fuerza, la vista, el equilibrio, todo lentamente. De repente un dolor punzante, inmenso y repentino lo hizo estallar en un grito que desgarró toda su furia y sufrimiento de tal manera que ni él mismo lo pudo soportar, hasta que cayó rendido otra vez. Sólo logró ver una sombra antes de caer.
Despertó de nuevo, y solo veía algunos rayos de luz que se filtraban por entre las rajaduras que tenía la habitación, no encontraba alguna puerta de salida y comenzó a agitarse, el sudor le comenzaba a caer en la frente, su respiración comenzaba a ser más brusca, más pesada, como si presintiera algo y su mente cada vez se opacaba más, y más, y más… de pronto escuchó unos pasos detrás de él, vibraba la habitación cada vez que daba un paso, logró ver una sombra, enorme, trató de mantenerse fuerte, pero su postura, el sudor, su respiración, todo lo delataba.Comenzó a retroceder de manera sutil, escuchaba los pasos más cerca, veía como se acercaba la sombra, éste lo acechaba, se sentía amenazante, hasta que topó su espalda con un muro húmedo y frío, se fue agachando y encogiendo, hasta quedar tirado. La criatura se acercó, se paró en frente de él y puso la cara cerca su oído, inhaló un poco de aire, y con una voz profunda y ronca dijo:
–He estado aquí mil años y tú todavía en este estado– ¿Cómo es que has llegado hasta aquí? ¿Cómo es que has llegado hasta aquí? ¡Respóndeme!–
Después de ese grito solo se pudo escuchar el eco de su voz, tan fuerte, tan resonante. Pero él por más que intentaba no podía dejar de pensar en el miedo que tenía, en el miedo que esta criatura le hacía sentir, pensaba que de un momento a otro podría hacerle daño, el peor; le podría provocar el dolor más agudo, el cual, ni siquiera podía imaginar en este momento. De repente la criatura alzó la voz de nuevo y dijo:
– ¿Fue ella verdad?, no lo entiendo, de verdad que nunca lo logré entender–.
Al momento que dijo estas palabras el comenzó a sentirse en otro lugar, a ver esos ojos, a sentir ese calor, como si su mente lo estuviera llevando a otro lugar, donde los recuerdos surgen, donde nadie le puede hacer daño. Entonces se dio cuenta que estaba de vuelta en el calabozo. –Está bien– dijo –Te contaré–.
Y comprendió en ese momento lo que tenía que hacer para entender lo que había pasado, para recordar, para vivir otra vez y de una vez por todas saber qué es lo que hizo para estar en este lugar, en este infierno, en esta prisión, y saber qué es lo que quiere esta criatura, esta cosa tan poca humana, tan poca cálida.


En la Ciudad
Comenzó a tranquilizarse a respirar mejor, y empezó también a irse de éste lugar, que por cierto era tan devastador de mentes casi como el mismo infierno, poco a poco fue encontrando luz, calidez, armonía, seguridad, se sentía de alguna forma perteneciente a este lugar al que estaba llegando, comenzó a sentir el lugar, a escuchar el murmullo de las personas, a sentir el calor del medio día. Abrió los ojos por completo, el reflejo del sol no lo dejaba ver bien, se restregó los ojos con una movimiento violento, hizo el intento de ver por segunda vez, y entonces la vio, no sabía ni siquiera lo que sentía, era tan intenso que casi pierde la cordura, casi se desmaya, pero hizo su mayor esfuerzo por mantenerse de pie, era increíble el cambio de sensaciones que tuvo en tan pocos segundos, de hecho ni se dio cuenta de cómo es que pudo hacerlo.
Desapareció ella entre las calles, callejones y entre la multitud. Estaba buscando el por qué estaba en este extraño lugar, buscando algo que no sabía que era, vagando, no entendía por qué este lugar se le hacía tan familiar, tan conocido; de repente se da cuenta que está oscureciendo, no sabe dónde está, no sabe que lo atrajo hasta este inhóspito lugar. Voces internas, tenebrosas, macabras, le dicen que tiene que pasar la noche en este lugar, no sabe en realidad por qué decide quedarse en este lugar tan horrible, pero qué más da, no sabría dónde estar toda la noche de todas formas. Resignado a hacer lo que siente, no le da tanta importancia ni al lugar, ni a las voces, ni a lo que piensa de todo esto.
El lugar parecía ser un antiguo parque, viejo, descuidado, feo, parecía que la humedad había deshecho las pocas y no muy bonitas esculturas que estaban en este lugar, las fuentes no funcionaban y estaban llenas de lodo y de agua estancada. Encontró una banca y como pudo se acostó viendo al cielo nublado, y pasó la noche entera pensando en lo que lo había hecho sentir esa mujer ¿Qué es lo que tiene de especial?
Al día siguiente regresó al lugar en donde había visto a esa mujer tan extraña, se dio cuenta que el lugar era una plaza, no sabía cómo había omitido tantos detalles el día anterior, era antigua pero en muy buen estado, con el suelo empedrado, esculturas, fuentes, todo tipo de personas pasaba por ahí, platicaban, reían, se peleaban. A la misma hora que ayer pasó la mujer, él la siguió sigilosamente esperando no llamar su atención, sólo quería verla, observarla y así poder resolver el misterio de por qué le llamaba tanto la atención.
Estuvo detrás de ella en todo su trayecto, cruzó toda la plaza hasta llegar a una calle grande, ancha, con muchos comercios en cada lado, elegantes, bonitos, bien decorados. Se metió por varias calles angostas hasta llegar a un callejón desolado, solo, que ya ni siquiera estaba empedrado como todas las demás calles. Él no dudó en seguirla, de repente en el callejón aparecieron personas, un hombre y una mujer al parecer, se veían espectrales, no se podía distinguir bien las facciones de los individuos, pero eran tétricos; cuando volvió a mirar otra vez, ya ni siquiera la silueta se podía distinguir de cada uno, no sabía que le pasaba, si sus ojos lo estaban engañando o bien, era real todo lo que sucedía en ese momento.
De un momento a otro se abalanzaron sobre la mujer, intentando quitarle la vida de la forma más violenta, se quedó en un estado de pánico tal que ni siquiera se pudo mover, ellos estaban decididos a quitarle la vida y ella confundida por tanto movimiento, por tanta violencia, no sabía ni lo que pasaba. Con fuerza, con furia y tan impulsivo como ningún ser humano puede ser, él corrió hasta donde estaban masacrando a la mujer, intentando salvarle la vida, agarró a uno del pelo, que al parecer era largo en las dos personas y se percató que no eran humanos; entendía menos lo que estaba pasando, cada vez era más extraño y confuso todo. Intentó golpear a estas aberraciones pero antes de golpearlos; ellos huyeron, y así como aparecieron de la nada se esfumaron antes de que él pudiera hacer algo por la vida de la mujer. De lo que no se había percatado es de que sí había hecho bastante, le había salvado la vida a la mujer, pero no se sentía satisfecho, feliz; se sentía de los más extraño, no le había causado ningún tipo de satisfacción haber salvado a la mujer, y cada vez comprendía menos lo que había pasado, y lo que estaba pasando en ese momento.
Después de que tomó conciencia de lo que pasó, intentó auxiliar a la mujer, se agachó, tomó a la mujer por la cabeza y la recostó sobre sus piernas, sentía que la iba a proteger de algo peor. Hasta este momento se sintió reconfortado, había encontrado a la mujer que posiblemente podía resolver este misterio, esto que lo estaba carcomiendo por dentro, esto que no lo dejaba vivir tranquilo.
Despertó la mujer, no sabía que estaba pasando. Se asustó, no sabía en dónde estaba, hasta que se dio cuenta que estaba en el mismo callejón pequeño y sucio donde sucedió el ataque. Estaba recostada sobre el pecho de él, volteó la cabeza, y cuando lo vio, rápidamente se quiso levantar pero la debilidad la venció y volvió a caer casi desmayada, débil, pálida; casi se le escapa de entre los brazos a él.
Ella le sonrió, no sabía que esperar de este desconocido, sólo sabía que por alguna razón le había salvado la vida y eso le dio una sensación de seguridad como ella nunca había tenido, sintió una tranquilidad y confianza en él que ni siquiera intentó levantarse de nuevo, si no que siguió recostada en él.
Ella volteó su cara, y la levantó un poco hacia arriba, lo miró a los ojos y le dijo: –¿Quién eres? ¿Por qué me has salvado?–
El no supo responderle, la vio a los ojos y un largo rato de silencio reino éste momento, no sabía que decirle, no sabía si podría responder esta pregunta, era la respuesta que exactamente había estado buscando, con ella, en su mente, en sus recuerdos. Volvió a verla y le contesto: –En realidad no sé si puedo responderte esa pregunta, he venido a este extraño lugar a buscar respuestas, y es obvio que me va a costar mucho encontrarlas…ahora que veo que estás bien creo que me voy a retirar–.
La ayudó a levantarse, ella todavía estaba un poco débil, hizo su mayor esfuerzo por mantenerse de pie, y comenzaron a caminar, hasta llegar a una puerta de madera vieja, en una casucha, igual de vieja que la puerta, sucia, descuidada, parecía inhabitada; antes de entrar a la casucha, ella le agradeció tomándolo de la mano, y sonriéndole. Él la dejó entrar y ella cerró la puerta. Él siguió caminando, salió del callejón y comenzó a vagar de nuevo por el pueblo, pasó de nuevo por la plaza, por el puente, y cuando comenzó a oscurecer un impulso lo llevó de nuevo a aquél parque tenebroso, era una noche nublada, los faroles eran casi insuficientes ante esa inmensa y profunda oscuridad.
Llegó a un lugar al parque donde ya no habían faroles, estaba muy oscuro, y a los pies de un árbol enorme se sentó, se recostó y comenzó a pensar en las cosas tan extrañas que le habían sucedido en el día, no se explicaba cómo esa mujer y ese hombre había aparecido y desaparecido de la nada. Pero lo que le parecía más extraño era el aspecto de estos individuos.
Siguiente