El Rugido de la Selva

     Llegó a su casa agitado, no sabía qué era lo que sucedía en ese momento, buscó a su familia compulsivamente, entró en pánico, empezó a sudar y a desesperarse, hasta que de repente escucha ruidos d entre una puerta que estaba tirada, ahí estaban, se siente tan aliviado de verlos, no les da ningún tipo de explicaciones, no hay tiempo para eso, sólo le dice a su esposa: –Nos tenemos que ir, trae a los niños, este lugar ya no es seguro–.

La mujer agarró a los tres niños, dos que apenas podían caminar y uno en sus brazos. Vestían unos harapos y el escondite los había dejado con los rostros y el cuerpo cubiertos de lodo. Se fueron sin nada, sólo con lo que vestían.  Comenzaron a caminar, y comenzaron a adentrarse en la selva.  Los niños lloraban y se quejaban, tenían días de estar caminando y las llagas que producían los hongos en los pies de los niños y de los padres hacían que la caminata fuera más lenta. 

El hambre había debilitado a la madre al punto de que ya no podía ni siquiera casi levantar su propio cuerpo.  El padre tomó al niño que ella cargaba.  Él también estaba bastante debilitado pero creía que podía aguantar mucho más.  De pronto vio humo cerca de donde estaban, comenzó a apresurar su caminar, el de la esposa y de los niños y aunque el cansancio lo estaba venciendo estaba decidido a llegar a ese lugar. 

Conforme se iban acercando se veían más claras las señales de algún pueblo.  En la entrada del asentamiento quedó tirado.   Despertó dentro de una choza, casi sin gente, había tres ancianos que al parecer estaban cuidando de él. Sus pies ya no le dolían tanto, habrían pasado tal vez varios días desde que llegó a este lugar. 

Él no sabía que pasaba, vio que su esposa estaba a su par, y cuando ella iba a hablar él se anticipó diciendo: –Quédate aquí, tengo que ir a pelear, no voy a permitir lo que están haciendo, y menos cuando mi familia está involucrada en esto, aquí estarán seguros hasta que regrese–. Terminando de decir esto se levantó, agarró un machete que había visto en el marco de la puerta.  Su esposa llorando intenta detenerlo, pero él con fuerza desprende las manos de su ropa, iba decidido a encontrar un refugio rebelde donde podría luchar por su familia.

 

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